Haciendo honor al nombre de este blog, retomo el escribir (a ver si en el algún momento cambia de nombre) como forma de hacer catarsis a todo este proceso de aislamiento - no aislamiento voluntario y obligatorio desde la experiencia que estoy viviendo al trabajar en un centro asistencial, por ahora, libre del virus aquel.
Para iniciar, por allá en algún día de enero, hablábamos con la directora médica de la clínica donde trabajo, que tiene una especialización en epidemiología, sobre las probabilidades de que el famoso Covid-19 llegara al país, ella, muy bien informada nos decía, tal vez para no aumentar el pánico, que era una gripa como cualquier otra, que posiblemente afectaría a aquellos que tenemos problemas respiratorios leves, moderados y crónicos, y que había que aplicar aquello de lavarse las manos y hacer uso del alcohol en gel.
Todas las veces que tocamos el tema, nosotros viendo el virus avanzar en la comodidad de la oficina, nos repetía que la clave estaba en el aseo de manos, el uso del alcohol y el restringir el contacto con los compañeros y familiares; es decir, comenzar a negarnos, los abrazos y besos de saludo, los abrazos en casa antes de salir y llegar de trabajar, el apapacho de mamá etc.
Al principio, lo veíamos como una exageración, pero luego, cuando la iglesia comenzó a hacer cambios en el saludo de la paz, cuando comenzaron a pedirnos que nos saludaramos con el codo o chocando los pies, que en los supermercados hiciéramos filas con metro y medio de distancia (acción que me devolvió a la infancia), asumimos que la inminencia del virus en el país estaba en su cuenta regresiva.
Recuerdo cuando escuchamos la noticia del primer contagiado del país, estuvimos callados mirandonos por un periodo muy corto, tal vez pensando en el cómo, el cuándo, con cuántas personas habría tenido contacto y lo peor cuánto se demoraría en esparcirse por la ciudad
Para iniciar, por allá en algún día de enero, hablábamos con la directora médica de la clínica donde trabajo, que tiene una especialización en epidemiología, sobre las probabilidades de que el famoso Covid-19 llegara al país, ella, muy bien informada nos decía, tal vez para no aumentar el pánico, que era una gripa como cualquier otra, que posiblemente afectaría a aquellos que tenemos problemas respiratorios leves, moderados y crónicos, y que había que aplicar aquello de lavarse las manos y hacer uso del alcohol en gel.
Todas las veces que tocamos el tema, nosotros viendo el virus avanzar en la comodidad de la oficina, nos repetía que la clave estaba en el aseo de manos, el uso del alcohol y el restringir el contacto con los compañeros y familiares; es decir, comenzar a negarnos, los abrazos y besos de saludo, los abrazos en casa antes de salir y llegar de trabajar, el apapacho de mamá etc.
Al principio, lo veíamos como una exageración, pero luego, cuando la iglesia comenzó a hacer cambios en el saludo de la paz, cuando comenzaron a pedirnos que nos saludaramos con el codo o chocando los pies, que en los supermercados hiciéramos filas con metro y medio de distancia (acción que me devolvió a la infancia), asumimos que la inminencia del virus en el país estaba en su cuenta regresiva.
Recuerdo cuando escuchamos la noticia del primer contagiado del país, estuvimos callados mirandonos por un periodo muy corto, tal vez pensando en el cómo, el cuándo, con cuántas personas habría tenido contacto y lo peor cuánto se demoraría en esparcirse por la ciudad
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